Desde pequeño su mamá le decía que era muy guapo, pero Eduardo pensaba que lo decía de cariño como toda madre. Mientras, en su pueblo lo llamaban Artista, sin imaginar que el niñito lindo se convertiría en galán de telenovelas.

 

 

Por Carmen Birriel

Cuando jovencito tenía que cambiar de escuela a cada rato y no porque fuera un chico indisciplinado. Simplemente salía de una pelea para meterse en otra por ser el nene lindo de cualquier escuela en que se inscribiera. “Si una chica me miraba, rápido venía su novio a pelear conmigo. No tenía la culpa de que las mujeres me miraran tanto... y me metieran en líos. Me peleé más de cien veces, y cuando entré a la Escuela de Derecho, tenía que salir como con 20 amigos para evitar pleitos”, recuerda el actor mexicano. Hoy no ocasiona peleas. Sino suspiros. Y contrario a lo que cualquiera pueda pensar, Eduardo es de esos pocos hombres que irradian paz. Se ve tan bonito por fuera, como por dentro. A eso súmele el talento y habrá nacido el fenómeno Verástegui. Con sólo realizar dos novelas logró tomar el papel protagónico de Alma rebelde. “Nunca imaginé que realizaría tantas cosas cuando dejé mi pueblo, todo era como un sueño guajiro”. Siendo de Xiconténcatl, un pequeño pueblo del estado mexicano de Tamaulipas, Eduardo reflexionó y se tomó muy en serio la frase filosófica de Aristósteles: “el que no sacrifica su seguridad por su felicidad no merece ninguna de las dos”, y decidió abandonar la Escuela de Derecho y tomar sus maletas para ir a estudiar actuación cuando apenas tenía 18 años. “Me fui solo a la ciudad de México y un tío me ayudó a entrar a la Escuela de Televisa. El era mi único apoyo allá hasta que se enteró de que mi padre no estaba de acuerdo con que yo fuera actor. Estaba solo, pero sentía en mi sangre que, como mínimo, grabaría un comercial”, comenta Eduardo, quien integró el Grupo Cairo, siendo ésta su primera oportunidad artística.

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